Cuando el amor llega, no piensa en edades, sexo, condiciones sociales, religión o raza. El amor es un sentimiento general que, a diferencia de lo culturalmente establecido, fluye libre y se rige bajo sus propias reglas. ¿Porqué hay entonces tantos parámetros para realizarlo “correctamente”?
Día con día, año tras año, cientos tal vez miles de personas sobre el mundo se enamoran de la persona “equivocada”. Ya sea un adulto de 45 años que tras varias derrotas en el tema encuentra la felicidad con una acompañante 20 años menor; un ama de casa que desea liberarse de la rutina que le oprime; un chaval que descubre el amor en su mejor amigo o bien son dos personas de diferente nacionalidad, raza y/o credo las que encuentran el sentido de la vida una al lado de la otra. Si esos seres deciden amarse, ¿Porqué interferir?
Sin embargo y aunque lo más lógico sería actuar bajo la premisa de “Vivir y dejar vivir”, existen presiones sociales y pautas culturales que reaccionan inmediatamente. ¿Cuántas veces hemos escuchado algún vecino, conocido, familiar o amigo, criticar a otra persona, sólo por el compañero que escogió para andar el sendero del amor?.
Frases como “mira esa joven, ¿qué le verá a ese vejete?…. seguramente la billetera” o bien “has escuchado que la vecina del quinto piso se casó con un africano, que conoció durante su semestre de intercambio en Marruecos? O peor aunque mucho más recientemente “no sé como puedes confiar en esos sitios en Internet…. ¡no sabes si ella es realmente quien dice ser!”
Prejuicios y tabús limitan nuestras posibilidades de encontrar la dichosa media naranja. Si por un instante dejáramos la predisposición a reaccionar como es correcto, este mundo macharía muy posiblemente mejor.
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